miércoles, 15 de junio de 2011

Codina conducción

¿Qué sucedería si en vez de decir…?
(por Víctor Codina sj.)


Los lingüistas nos enseñan que las palabras nunca son neutras, sino que están cargadas de vida y sentido, no sólo nombran realidades sino que connotan diferentes significados, valores, relaciones, afectos y cosmovisiones. A veces las palabras pierden su fuerza, con el uso se degradan y entonces es necesario resignificarlas. Lo mismo sucede con el lenguaje religioso.

¿Qué sucedería, si en vez de decir “Dios”, dijéramos “Padre” (o “Madre” según contextos)? No sólo seríamos más fieles al sentido de la palabra Dios en el Nuevo Testamento, sino que nuestra dimensión religiosa se volvería menos filosófica, más filial y más fraterna, más cálida y confiada.

¿Qué sucedería sin en lugar de decir que Jesús de Nazaret es “Dios”, dijéramos que es el “Hijo de Dios”? Seguramente nuestra cristología sería más bíblica y más trinitaria.

¿Qué sucedería si en vez de hablar de la “gracia”, la “espiritualidad”, el “amor de Dios”, la “vida divina”, habláramos del “Espíritu Santo” que es Señor y dador de vida? Seguramente nuestra espiritualidad sería menos moralista, sería más personalista, más teologal y agradecida.

¿Qué sucedería si llamáramos ordinariamente a “María” con su nombre propio de “María de Nazaret”? Seguramente nuestra devoción mariana sería más sencilla, más histórica, más evangélica.

¿Qué sucedería si en vez de hablar de la “Iglesia jerárquica” habláramos de la “Iglesia apostólica”? Seguramente nuestra visión de Iglesia recobraría el sentido profundo de estar fundamentada en la fe y el testimonio de los apóstoles, cuyos sucesores tienen la misión de mantener la fe y la comunión de toda la Iglesia.

¿Qué sucedería si al Papa en vez de llamarle “Vicario de Cristo”, “Sumo Pontífice”, “Su Santidad”, “Cabeza de la Iglesia”, le llamáramos “obispo de Roma y sucesor de Pedro”? Seguramente esto nos permitiría un diálogo más ecuménico con las otras Iglesias y nos ofrecería una imagen muy diferente, teórica y práctica, de la misión del primado petrino en la Iglesia.

¿Qué sucedería si en vez de hablar de “misa” o incluso de “eucaristía”, habláramos de la “cena del Señor” y de la “fracción del pan”? Seguramente estas denominaciones no sólo nos acercarían más a la Escritura y a la Iglesia primitiva, sino que nos ayudarían a comprender mejor su simbolismo central, que es el de una comida partida, repartida y compartida.

¿Qué pasaría si en lugar de hablar de “laicos” y de teología del “laicado” habláramos simplemente de “bautizados” y de teología del “bautismo”? Seguramente esta palabra sería más comprensible y nos acercaría a nuestra vocación básica, esencial y común de todos los miembros de la Iglesia, sujetos activos y responsables, aunque tengamos diferentes misiones y carismas en la comunidad eclesial.

¿Qué pasaría sin en lugar de hablar de “sacerdotes” habláramos de “servidores de la comunidad”? Seguramente esto facilitaría una concepción y una praxis del ministerio menos ligada al poder y más dirigida al servicio de la comunidad, más semejante a Jesús que vino a servir y no a ser servido.

¿Qué pasaría si en lugar de hablar genéricamente de “los pobres” habláramos de los “rostros concretos” de pobres: de los desempleados que buscan trabajo, de los emigrantes, de las mujeres maltratadas y abandonadas, de los niños sin hogar, de los enfermos con Alzheimer, de los sidáticos, de los sin techo, de los ancianos solitarios, de todos los que tienen la vida amenazada…? Seguramente nuestra solidaridad sería más viva y activa.

¿Qué sucedería si en lugar de hablar de “dominar y explotar la tierra”, habláramos de “cuidar y respetar nuestra casa común, salvaguardar la creación”, que sufre por nuestras continuas agresiones, que gime con dolores de parto para alumbrar una nueva tierra?. Seguramente aumentaría nuestra sensibilidad ecológica para nuestro tiempo y para las futuras generaciones.

¿Qué pasaría si en vez de hablar continuamente y de forma inclusiva de “hombres”, habláramos de “hombres y mujeres”, de “mujeres y hombres”? Quizás esto nos ayudaría a superar nuestro machismo personal, social y eclesial.

Esta lista es sólo indicativa, puede crecer, cada uno puede aumentarla y completarla desde su propia experiencia. Porque los lingüistas y semiólogos tienen razón, las palabras nunca son neutras…


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